Día de la Mujer

El Día de la Mujer es de todos

Me siento victoriosa solo de terminar tareas muy sencillas como forrar todos los libros de la escuela de mis hijos, hornear un jamón o levantarme a tiempo para hacer todo lo que tengo en mi lista.

Quiero pensar que también ayudo a mejorar el lugar donde vivo escribiendo sobre temas que hacen a las mujeres (las lectoras de las revistas) más felices. Si las mujeres están felices, la sociedad y todo el resto de las personas que las rodean andan que brincan.

Día de la Mujer

Mamá africana muestra cómo salvó a su bebé en una inundación en Zimbabwe.

Hoy, en el Día de la Mujer, me gusta mirar las labores cotidianamente heroicas de millones de mujeres en el mundo. Está la mamá en África que salvó a su hijo de una inundación colocándolo en un balde que ella llevaba entre los brazos, y todavía tiene suficiente alegría para vestirse de colores para la foto de la prensa (foto arriba). Está la mujer de India que todos los días se levanta a pegar chaquiras en telas que se convertirán en carteras de moda, con la esperanza de ganar unos centavos, que para nosotros acá sería nada (no alcanzan ni para la soda) pero que para ella significa la diferencia entre mandar a sus hijos a la escuela o no. Eso es heroico.

Así que anoche, mis hijos y yo dimos gracias por vivir en un país donde las niñas y los niños se educan por igual (aunque no es del todo así en algunos lugares del país), y donde su mamá y su papá pudieron tener acceso a educación superior y lograr un mejor estilo de vida.

Que haya educación para las niñas nos parece natural, y así debe ser, pero en otros lugares la mentalidad que permite eso apenas comienza.

Así que aplaudo hoy a todos, mujeres y hombres, que se afanan por educar a las niñas y niños de Panamá en igualdad de condiciones.

¡Feliz Día de la Mujer! para todos.

Sabor a patria

Todos los noviembre se repite la misma historia. Alguna tía o familiar me escribe molesto porque ha vuelto a recibir un mensaje con el escrito que dice que ‘Panamá tiene sabor a ciruela traqueadora’, pero con la autoría de Pablo Coelho.

Esta confusión viene desde hace años, y aunque se aclara, se sigue difundiendo así cada noviembre. Cuando ocurrió la primera vez, recuerdo que me enfurecí con la columna de opinión donde la citaban como de Coelho, pero este año cuando el expresidente Aristides Royo me escribió para confirmar si era cierto que yo la había escrito, me di cuenta que nunca me había tomado el trabajo de reclamar mi autoría sobre el escrito, lo que es muy fácil porque fue publicado dos veces en la revista Ellas, de La Prensa, la primera el 9 de noviembre de 2001, o sea, que hay pruebas.

Hoy lo vuelvo a leer y me hace recordar la Ileana de hace 15 años (y casi me sentí tentada a corregir más de un detalle), tenía poco más de un mes de haber llegado de París, con el sabor de la cabanga por mi país fresco en la memoria, y apenas había vuelto a tomar mi posición en la redacción de la revista. Una de mis compañeras, Lineth del Cid, insistió en que se debía escribir algo de Panamá, pero no un artículo per se, así que todo mundo se puso a dar ideas, y con estas apuntadas me fui a casa el fin de semana. Un domingo en la tarde me puse a escribir y llegué el lunes con el escrito que fue publicado en el Mes de la Patria.

Para mí es un verdadero honor que hoy, 15 años después, se replique por las redes y chats. Solo me gustaría que llevara mi autoría, no solo porque lo escribí, sino porque fue escrito por una panameña, y no debemos pensar que un extranjero diría mejor algo que es muy nuestro.

Aquí va el escrito completo, como publicó aquella primera vez.

img_2916Sabor a patria

Escrito por Ileana Pérez Burgos

Publicado el 9 de noviembre de 2001 en la revista Ellas, de La Prensa

Panamá tiene sabor a agua de mar, a tierra mojada y a comida de coco. En la mañana sabe a dos carimañolas con una taza de café y, en la noche, a té de hierba de limón con rosquitas de La Arena.

Cuando el tráfico nos detiene a orillas de la bahía, la patria no sabe a nada. El sol aprieta el aire dentro del carro y la angustia por acelerar los autos alrededor hace todo intolerable. Afuera, la brisa anuncia el verano y el mar refleja el sol en su apogeo. Solo nos acordamos que las olas están allí cuando entra por el ducto del aire acondicionado el perfume de la había.

Panamá tiene sabor a ciruela traqueadora, a pelusita de guaba y a guayaba madura.

“Rojo con un real de leche”. Metemos el dedo para que el hielo nade mejor en el sirope y la leche condensada, y como queramos negar que nos comimos un raspa’o, no podremos, tendremos los dedos manchados del delito. Para el hambre que quema las tripas, no basta con un bollo preña’o de carne, se requiere una orden de chow mein de pollo.

Patria es el peso de los tembleques sobre la cabeza y el vuelo de la zaraza abanicando los pies. Es el meneo sensual de “soba que soba y soba, Mariana” y el sereno silbido de la flauta de un kuna.

Tanto rogar por alcanzar el paraíso y lo tenemos a la vuelta, 365 islas sin tráfico, ni vidrios ahumados, ni televisión. En San Blas, es fácil encontrar nuestra soñada isla desierta y percibir los olores de este hueco del planeta. Huele a pescado, a aceite de coco, a cuerpo al sol, a agua salada.

Panamá sabe a jugo de naranja con raspadura y a pixbae recién solido de la olla. Suena a ‘Mami, ‘tás buena’, ‘bien cuida’o’ y ‘un real de menta, por favor’.

Panamá es pedazos de la vida de millones de personas, los que nos quedamos, los que nos fuimos y los que solo vinimos de paso. Es el calor que te despierta sudando de la siesta y el aguacero que te arruina el uniforme del 3 de Noviembre. Panamá es vivir con la danza del mar bajo tus pies y con el olor del fogón llamándote cuál canto de sirena. Panamá es luz, fogaje y pereza.

“Ruega por nosotros Santa madre de Dios…” El tum tum fúnebre de la procesión te apachurra el corazón, las velas iluminan el camino para anunciar que vienen Don Bosco, el Cristo Negro de Portobelo o Santa Librada. En ese caminar, curamos las penas, damos las gracias y pedimos lo que creemos que nos falta.

Panamá suena a totorrones en Semana Santa, a soloma al atardecer y a monos aulladores en la madrugada de la selva.

Para sobijar las penas y humedecer las alegrías está el ‘seco’. Para bailar bajo el sol del mediodía, sin morir en el intento, están los culecos y para ahorrar sin darse cuenta, está el club de mercancía.

Panamá es pequeño, larguito y angosto, una tripita apenas. Es el cordón umbilical sin el cual Las Américas no sería una sino dos. Es tan chiquito que ir de un café del Casco Viejo a bailar en el sofoco del Cosita Buena toma unos minutos apenas en una noche clara y de abuelitas recogidas.

Su pequeñez es deliciosa y portable, como dijo Ricardo Miró, “quizás fuiste tan chica para que yo pudiera llevarte toda entera dentro del corazón”.

Panamá tiene el ardor de una raja de canela y el acidito de un cebiche. Huele a gallina de patio, ha guardado de humedad y a guandú fresco y oloroso. En Navidad sabe a saril, en Semana Santa a pan bon y en patronales a puerco frito.

Aún con sus ricos sabores, de vez en cuando nos da por “revolver la mirada y sentir espanto” ante el político ladrón, la solución que nunca llega y el conformismo que no mueve nada. Los flojos nos quedamos en la quejadera, los sabios usamos la palaba “sala’o” solo para pedir la golosina roja en la tienda del chino.

“Panamá por Dios privilegiada, Él te hizo centro del mundo y todas las razas”, cantamos los fieles feligreses en la iglesia. Otros preferimos el “playa, brisa y mar es lo más lindo de la tierra mía” y algunos bailamos la patria con el bum bum del reggae. Pero todos estamos de acuerdo con aquello de que “patria son tantas cosas beeeeeeeeellas”.

A mí, la patria me sabe, me huele y me suena a mar, ese que se quedó atrapado en “la pequeña celda del caracol”.

 

Las amigas indeseables en el carro de mamá

Toda mamá con carro sabe que la comida dentro del auto solo trae problemas, grandes problemas y no hablo solo de derrames y olores, sino de las desagradables cucarachitas que se creen tus amigas y nunca quieren irse. Sí, esas que llaman Mandingas. Las detesto.

9913921246_5980825b5e_kPor supuesto está la opción de imponer la regla de ‘NO comer en el carro’. Perfecto. Bueno, crees que es perfecto, hasta que te das cuenta que más de una vez tendrás y querrás romperla, te corres el riesgo para salvarte de la reacción que provoca el hambre en un niño o en dos o en tres a la vez. Encima si tú tienes hambre y mucho cansancio, pues estarás super irritable frente al alboroto, quejadera, agonía, llanto, etc.

Mantengo la regla de ‘no comer’, pero sí permito infringirla, previo acuerdo de todas las partes y repartición de responsabilidades. A esas excepciones las acompaña otra regla: Limpiar militarmente todo desecho, de comida u otro, y nadie se baja si queda algo de basura dentro.

Ahhh… Easier said than done, como dicen los gringos (‘más fácil se dice que se hace). Como toda madre en apuros, resulta que descubro una envoltura de un caramelo que ni sé cuándo se comieron pero no fue hoy ni antes de ayer. Pese a esos hallazgos, hasta el momento no he visto una sola indeseada amiga, pero sigo vigilante y firme en las medidas de prevención contra tal catástrofe en mi auto maternal.

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Foto ilustrativa

Así que he decidido reforzar todo esto con otra acción, que me parece más sabia que los recorderis amables y a gritos, el tono de ‘señor oficial’ y los chantajes y amenazas.

Puse a mis hijos a limpiar el auto. En las últimas vacaciones, una de las actividades ‘divertidas’ fue sacar las alfombras del carro y restregarlas con cepillo y mucho jabón; y me lo tomé tan en serio que a cada uno le compré su cepillo propio.

Otra de las entretenidas actividades con mamá fue tomar toallitas húmedas de desinfectante y limpiar todo lo que dentro del carro no es de tela, y lo repetimos todas las semanas.

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¿Les digo algo? Les encantó. Se gastaron como 5 toallitas demás cada uno, y el día de las alfombras, se acabó el jabón, pero con estas tareas que hacemos juntos, con música y conversando, ellos aprenden a cuidar lo que tienen porque saben cuánto cuesta limpiarlo y qué lindo se ve cuando está todo arreglado, a sentirse orgullosos de ver el producto de su trabajo, a trabajar en equipo, a encontrar divertido el trabajo, a hacerse responsable de lo que poseen, y a dejar de pensar que ‘ese’ trabajo lo hace otro.

Así que si quieren su carro limpio, mi consejo, es que pongan a sus hijos a limpiarlo, no al carwash ni al conserje. Eso sí, comiencen por algo sencillo, aunque sea manguerear las llantas (dele a un niño una manguera y será como un viaje a Disney) o a limpiar el tablero. Trate que el momento sea una fiesta, que lo que ocurre alrededor del oficio sea divertido, pero que también aprendan a hacerlo lo mejor posible.

¡A reciclar en casa!

Mucho h3792143868_4e363e7647_qablamos de salvar y cuidar el planeta, pero hagamos algo concreto, un pequeño acto, que debe ser parte de la vida de nuestros hijos desde que gatean: Reciclar.
Comienza con algo sencillo, como los cartones de Tetrapak, que los niños identifican fácilmente porque allí viene su jugo o su leche. Enséñales a cortar una esquinita para echarles agua y limpiarlos, dejarlos escurrir un rato y colocarse en el basurero destinado para ello.
En mi casa, reciclamos cartón, periódico, plástico PEP y Tetrapak. A veces la zona de reciclaje se desborda, pero es un trabajo que vale la pena y sí se puede hacer, aunque en Panamá todavía no se ha implementado a nivel de país.

La negra que hay en mí

baile Panamá congo

Toda panameña lleva una reina conga dentro.

Mi hija de 8 años estaba negada a vestirse de afrodescendiente como yo quería. Aceptó la blusa y la zaraza, pero no el turbante, ni siquiera el más pequeño que parecía una vincha. No quería collar y a regañadientes se puso el más delgado de los muchos que le ofrecí.

“No soy afrodescendiente”, me dijo ante mi insistencia para que usara el turbante.

Casi grito del horror.

“Negar tu afrodescendencia es negar a tu madre”, le dije en mi tono de drama de telenovela.

Entonces me di cuenta que en realidad nunca le había contado de dónde vienen sus raíces afro. Le expliqué que el papá de su abuelo era negro y que la abuela de su abuela era negra, y, por tanto, todos en la familia tenemos raíces africanas, de negros coloniales, negros esclavos. 

Se quedó asombrada ante el descubrimiento.

Al final, mi hija aceptó ponerse una diminuta flor en su cabellera lacia. Parecía mas una campesina veraguense que una reina conga, pero entendió lo de sus raíces.

Más de una vez me había preguntado en el mes de mayo por qué este repentino afán por vestirse al estilo africano (para mí, el vestido afropanameño es el congo). Siempre los panameños hemos sido afrodescendientes, está en nuestra comida, en nuestro vestir, en nuestra manera de hablar, de bailar, de caminar. Es el pan nuestro de cada día, ¿para qué vestirse con túnicas y turbantes un día al año? Pero cuando me paré con mi hija frente al espejo el día que le tocaba ir vestida de afrodescendiente a la escuela, me di cuenta que hay mucho que no contamos de la historia familiar, como también hay muchas frases horrosamente racistas en el día de día de los panameños. Aquello de “blanco aunque sea un bollo”, “lo único que la ofende es su color”, “hay que mejorar la raza”, “es una negra guapa” (como si fuera una excepción porque quien lo dice no considera a las negras guapas), habría que borrarlas para siempre de las conversaciones en Panamá y considerarlas igual a escupir sapos y culebras.

Así también tenemos que dejar de pensar que negro y chombo son insultos, de paso incluyo ‘indio’ entre esos adjetivos de los que deberíamos sentirnos orgullos.

Como le expliqué a mi hija, mi cabello rizado, el grosor de mis labios y estas caderas pues claramente vienen de África, y son tan parte de mí, como mis raíces indígenas y españolas y quién sabe cuál otra más que se ha sumado en mi ADN con el cruce de etnias que han pasado por Panamá.

Así que seguiré invitando a mi hija a llevar turbante aunque sea una vez al año, hasta que los panameños nos sintamos plenamente orgullosos de nuestra multiculturalidad, sean cual sean nuestras raíces. Aunque alguien no tenga un familiar negro en su pasado, solo el ser panameño quiere decir que tiene mucho de afro culturalmente, así que todooooos somos afrodescendientes.

 

Al festival de cine con niños

57150_2449_imagen__Estudié cine, así que demás está decirles, que el cine me apasiona. Lo viví como la mayoría, como espectadora, pero cuando tomé una clase en la universidad y descubrí el cine por dentro, no pude deterneme, tenía que aprender más. Leí guiones, vi cuánta película llegaba a mis manos, iba a ver el llamado ‘cine internacional’ (lo que describía a todo lo que no era de Hollywood), y terminé logrando el diploma.
Con el cine no he hecho mucho después de aquello, más que soñar con guiones que no escribo, apreciar lo que veo en la gran pantalla, y valorar la iluminación, diseño y ángulos… Sí, veo los detalles que tomaron horas, días, meses y años, y que usualmente los otros no notan, como las miles de hebras de cabello en los rizos de un dibujo animado, o cómo se logra la luz en ese cuarto de hotel.
Como madre, me enfrenté a un dilema, entre minions, princesas congeladas y perezosos en oficinas de tránsito, ¿cómo hacía para transmitirle a mis hijos la pasión por el cine, pero por ‘todo’ el cine, no solo porque el que se hace para encantar a millones y para ganar millones? ¿Sino también por el cine que se hizo con poco dinero, por el que tal vez el director casi quedó en la ruina y  que no generará un dólar?
Pues mostrándoles otro cine, el de otros países. El cine es como los idiomas, según la cultura y el lugar, varía el lenguaje visual, la iluminación, la narración, la actuación… todo.
El festival de cine (IFF Panamá) me lo puso fácil porque siempre trae películas animadas, y lo agradezco hasta la médula del hueso.
SOTS_Book_Cover_v3Desde que mi hija tiene 4 años, tenemos una cita obligada en el festival de cine. Llevé a mi hijo menor a ver su primera película animada en el festival cuando tenía apenas seis meses.
Recuerdo con cariño a Anina Yatay Salas, la niña uruguaya cuyo nombre es un palíndromo, a quien llamaban ‘capicua’, buena como el pan pero que terminó metida, según un ella, en tremendo lío; un hermoso lío que me llevó a mí y a mis hijos por las calles de Montevideo. El que mis hijos vieran una animación diferente, con uniformes de escuela diferentes, con un acento diferente y hasta a la mamá cocinando cosas diferentes, no tiene precio.
El año pasado sucumbimos a Canción del mar¡Qué película hermosa! Todos vivimos la angustia del hermano que siente que va a perder a su hermanita. Nadamos con la niña-foca que no queríamos que se fuera, y vivimos los miles de misterios e incertidumbres del camino, en ese mítico universo irlandés que nos dejó babeados.
Mi hija todavía me pide verla otra vez.
Eso es lo que quiero que logre el cine en ellos, que vean el mundo a través de los lenguajes fílmicos de muchos países, que sientan cómo lo hace el irlandés, el uruguayo, el indio y el japonés. Que decidan si les gusta o no, pero que lo conozcan y sientan que ese cine también puede ser parte de sus vidas.
Ese es un regalo invaluable que el Festival Internacional de Cine de Panamá me permite darle a mis hijos, y por ello, les doy inmensas gracias.

Primera semana de clases

Terminó la primera semana de clases para los chicos panameños -y para la chica de segundo grado en mi casa-. Todavía nos cuesta despertarnos, pero nos alegramos de escuchar el canto de los pájaros. Sentimos que se acabó el verano porque comenzaron las clases, pero la verdad es que todavía está el sol radiante de marzo invitándonos a bajar al parque o a escaparnos al interior.

Comparto con ustedes mi carta editorial de la edición de la revista Ellas, dedicada al regreso a clases, porque hay que recordar que la educación es un derecho, pero también un privilegio pues no todos pueden educarse. Además aprender es divertido y provechoso.

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Cartuchera nueva. La abro y la huelo. El olor a útiles escolares fresquitos es de esos que me dibujan una sonrisa en el rostro. Mmm… Delicioso. Me gustaba ir a la escuela. Me encantaba estar con mis amigos. Todavía me gusta aprender.

Así que me despeluco cuando escucho a algún pequeño decir que no quiere ir a comprar útiles escolares, que su  mamá haga sola ese mandado (a mi hija la involucré aunque no quería). Si el inicio de clases no los entusiasma, ¿qué los estusiasma de la escuela entonces? Me lloverán un montón de respuestas de grandes y chicos, algunas con razón y otras convertidas en verdad de tanto repetirlas, pero no porque lo sean…

Pero qué tal si les propongo a los padres y a aquellos que no tengan hijos (pero tienen sobrinos, ahijados, primitos), que cuando hablen de la escuela siempre comiencen y recalquen lo que sí les gustó. Porque tengo el presentimiento de que los niños y jóvenes creen que la escuela es “qué pereza” porque se nos está olvidando decirles lo chévere que fue para nosotros y lo mucho que aprendimos (que si no hubieras aprendido, no estarías leyendo esto).

Es un poco como los vegetales, que los niños no los quieren comer porque no ven a los adultos comerlos y porque les decimos cosas como “a mi tampoco me gustan, pero hay que comerlos”, en lugar de decirles “Qué rico. Me encanta el brocoli”.

Que no seamos pocas las madres que decimos “a mí me encanta estudiar, a mí me encantaba la escuela, fueron los mejores años de mi vida”. Y no se quejen de las tareas, por lo menos no frente a sus hijos. Lo considero parte del proceso de aprendizaje de mi hija y cuando me siento a ayudarle, me parece un lindo momento madre-hija. Después de todo, soy su primera maestra, ¿no? Y esa tarea sí me gusta.