Días sin perfume

Salí del baño, me sequé y extendí la mano hacia la hilera de productos al lado del lavamanos en busca de mi body splash mañanero. Y me detuve. El doctor me dijo que nada de aerosoles ni rociadores hasta que saliera de la bronquitis. Un día más sin oler a nada, o más bien oliendo solo a mi.

Días sin perfume

Foto Fickr Free

Entonces me sorprendí de que no poder ponerme perfume me pusiera triste, porque hasta ese momento pensaba que yo no era muy amante de ellos, que podía vivir sin perfume felizmente.

Los primeros perfumes que recuerdo son los de mi adolescencia, los unisex, populares en los años 1980. Recuerdo Colors de Benetton y CK One de Calvin Klein. Todavía si alguien huele a algo parecido, me detengo un momento para dejarme embriagar por las emociones que despiertan, como si fuera pelaita otra vez.

Ya de adulta decidí que los perfumes no eran lo mío, que lo que me mataba eran las cremas perfumadas, y a esas sucumbí con delirio. Suaves, satinadas, oleosas algunas. Olían rico y sentía que la fragancia se queda más tiempo conmigo que un perfume.

Pero cuando quedé encinta de mi primera hija… las odié. No soportaba una solo nota de fragancia ni crema, aunque no fuera perfumada, cerca de mí. Era como si me dieran a oler gas pimienta, sentía que algo comenzaba a partirse por dentro y quería correr, correr, correr, escapar y alejarme de ese olor. Me parecía loco todo eso, pero la sensación era real y no podía controlarla ni evitarla. Así que regalé todas las cremas en mi tocador, regalé toda gota de perfume que llegara a mis manos y restregaba a mi esposo para quitarle el olor del perfume que se había puesto en la mañana para poder dormir junto a él en la noche. Sí, a las embarazadas las hormonas nos hacen extremas más de una vez.

Me producían tal repulsión los perfumes que pensé que nunca más volvería a quererlos, y eso no me parecía un problema. Nació la bebé y estaba tan ocupada en atenderla que ni siquiera me di cuenta que el asco por las fragancias se había ido. Creo que fue casi dos años después que mi esposo me dijo “no tienes ni un perfume” (a él sí le gustan mucho). Reflexioné un segundo y decidí que ya estaba lista para volver a usarlos y le dije “regálame uno”, y así fue. Han ido llegando perfumes e incluso algunos, raramente, los he comprado yo. Creo que hoy son siete botellitas las que ocupan la canasta de los perfumes en mi tablilla.

El otro día entrevisté a Carolina Herrera Báez, la hija de la diseñadora Carolina Herrera, y me decía que el perfume es algo tan personal que no los regala, que prefiere regalar aceites. Yo le dije que pensaba lo mismo que ella, pero que extrañamente tenía dos perfumes creados bajo su guía que habían llegado a mí como regalo y me habían gustado. Hablamos de aromas pero no solo de perfumes y aceites, sino hasta de lo que ella ponía a sus hijos de bebés, algo tan sencillo como colonia Menem.

Ahorita me resignó a ver los frascos en mi tocador como quien ve una dulce tentación que me está prohibida, pero me serena la certeza de que para la otra semana ya podré sucumbir a su encanto. Me parece rarísimo descubrir a mis 41 años que sí me gustan los perfumes.

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