Al festival de cine con niños

57150_2449_imagen__Estudié cine, así que demás está decirles, que el cine me apasiona. Lo viví como la mayoría, como espectadora, pero cuando tomé una clase en la universidad y descubrí el cine por dentro, no pude deterneme, tenía que aprender más. Leí guiones, vi cuánta película llegaba a mis manos, iba a ver el llamado ‘cine internacional’ (lo que describía a todo lo que no era de Hollywood), y terminé logrando el diploma.
Con el cine no he hecho mucho después de aquello, más que soñar con guiones que no escribo, apreciar lo que veo en la gran pantalla, y valorar la iluminación, diseño y ángulos… Sí, veo los detalles que tomaron horas, días, meses y años, y que usualmente los otros no notan, como las miles de hebras de cabello en los rizos de un dibujo animado, o cómo se logra la luz en ese cuarto de hotel.
Como madre, me enfrenté a un dilema, entre minions, princesas congeladas y perezosos en oficinas de tránsito, ¿cómo hacía para transmitirle a mis hijos la pasión por el cine, pero por ‘todo’ el cine, no solo porque el que se hace para encantar a millones y para ganar millones? ¿Sino también por el cine que se hizo con poco dinero, por el que tal vez el director casi quedó en la ruina y  que no generará un dólar?
Pues mostrándoles otro cine, el de otros países. El cine es como los idiomas, según la cultura y el lugar, varía el lenguaje visual, la iluminación, la narración, la actuación… todo.
El festival de cine (IFF Panamá) me lo puso fácil porque siempre trae películas animadas, y lo agradezco hasta la médula del hueso.
SOTS_Book_Cover_v3Desde que mi hija tiene 4 años, tenemos una cita obligada en el festival de cine. Llevé a mi hijo menor a ver su primera película animada en el festival cuando tenía apenas seis meses.
Recuerdo con cariño a Anina Yatay Salas, la niña uruguaya cuyo nombre es un palíndromo, a quien llamaban ‘capicua’, buena como el pan pero que terminó metida, según un ella, en tremendo lío; un hermoso lío que me llevó a mí y a mis hijos por las calles de Montevideo. El que mis hijos vieran una animación diferente, con uniformes de escuela diferentes, con un acento diferente y hasta a la mamá cocinando cosas diferentes, no tiene precio.
El año pasado sucumbimos a Canción del mar¡Qué película hermosa! Todos vivimos la angustia del hermano que siente que va a perder a su hermanita. Nadamos con la niña-foca que no queríamos que se fuera, y vivimos los miles de misterios e incertidumbres del camino, en ese mítico universo irlandés que nos dejó babeados.
Mi hija todavía me pide verla otra vez.
Eso es lo que quiero que logre el cine en ellos, que vean el mundo a través de los lenguajes fílmicos de muchos países, que sientan cómo lo hace el irlandés, el uruguayo, el indio y el japonés. Que decidan si les gusta o no, pero que lo conozcan y sientan que ese cine también puede ser parte de sus vidas.
Ese es un regalo invaluable que el Festival Internacional de Cine de Panamá me permite darle a mis hijos, y por ello, les doy inmensas gracias.
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