Sabor a patria

Todos los noviembre se repite la misma historia. Alguna tía o familiar me escribe molesto porque ha vuelto a recibir un mensaje con el escrito que dice que ‘Panamá tiene sabor a ciruela traqueadora’, pero con la autoría de Pablo Coelho.

Esta confusión viene desde hace años, y aunque se aclara, se sigue difundiendo así cada noviembre. Cuando ocurrió la primera vez, recuerdo que me enfurecí con la columna de opinión donde la citaban como de Coelho, pero este año cuando el expresidente Aristides Royo me escribió para confirmar si era cierto que yo la había escrito, me di cuenta que nunca me había tomado el trabajo de reclamar mi autoría sobre el escrito, lo que es muy fácil porque fue publicado dos veces en la revista Ellas, de La Prensa, la primera el 9 de noviembre de 2001, o sea, que hay pruebas.

Hoy lo vuelvo a leer y me hace recordar la Ileana de hace 15 años (y casi me sentí tentada a corregir más de un detalle), tenía poco más de un mes de haber llegado de París, con el sabor de la cabanga por mi país fresco en la memoria, y apenas había vuelto a tomar mi posición en la redacción de la revista. Una de mis compañeras, Lineth del Cid, insistió en que se debía escribir algo de Panamá, pero no un artículo per se, así que todo mundo se puso a dar ideas, y con estas apuntadas me fui a casa el fin de semana. Un domingo en la tarde me puse a escribir y llegué el lunes con el escrito que fue publicado en el Mes de la Patria.

Para mí es un verdadero honor que hoy, 15 años después, se replique por las redes y chats. Solo me gustaría que llevara mi autoría, no solo porque lo escribí, sino porque fue escrito por una panameña, y no debemos pensar que un extranjero diría mejor algo que es muy nuestro.

Aquí va el escrito completo, como publicó aquella primera vez.

img_2916Sabor a patria

Escrito por Ileana Pérez Burgos

Publicado el 9 de noviembre de 2001 en la revista Ellas, de La Prensa

Panamá tiene sabor a agua de mar, a tierra mojada y a comida de coco. En la mañana sabe a dos carimañolas con una taza de café y, en la noche, a té de hierba de limón con rosquitas de La Arena.

Cuando el tráfico nos detiene a orillas de la bahía, la patria no sabe a nada. El sol aprieta el aire dentro del carro y la angustia por acelerar los autos alrededor hace todo intolerable. Afuera, la brisa anuncia el verano y el mar refleja el sol en su apogeo. Solo nos acordamos que las olas están allí cuando entra por el ducto del aire acondicionado el perfume de la había.

Panamá tiene sabor a ciruela traqueadora, a pelusita de guaba y a guayaba madura.

“Rojo con un real de leche”. Metemos el dedo para que el hielo nade mejor en el sirope y la leche condensada, y como queramos negar que nos comimos un raspa’o, no podremos, tendremos los dedos manchados del delito. Para el hambre que quema las tripas, no basta con un bollo preña’o de carne, se requiere una orden de chow mein de pollo.

Patria es el peso de los tembleques sobre la cabeza y el vuelo de la zaraza abanicando los pies. Es el meneo sensual de “soba que soba y soba, Mariana” y el sereno silbido de la flauta de un kuna.

Tanto rogar por alcanzar el paraíso y lo tenemos a la vuelta, 365 islas sin tráfico, ni vidrios ahumados, ni televisión. En San Blas, es fácil encontrar nuestra soñada isla desierta y percibir los olores de este hueco del planeta. Huele a pescado, a aceite de coco, a cuerpo al sol, a agua salada.

Panamá sabe a jugo de naranja con raspadura y a pixbae recién solido de la olla. Suena a ‘Mami, ‘tás buena’, ‘bien cuida’o’ y ‘un real de menta, por favor’.

Panamá es pedazos de la vida de millones de personas, los que nos quedamos, los que nos fuimos y los que solo vinimos de paso. Es el calor que te despierta sudando de la siesta y el aguacero que te arruina el uniforme del 3 de Noviembre. Panamá es vivir con la danza del mar bajo tus pies y con el olor del fogón llamándote cuál canto de sirena. Panamá es luz, fogaje y pereza.

“Ruega por nosotros Santa madre de Dios…” El tum tum fúnebre de la procesión te apachurra el corazón, las velas iluminan el camino para anunciar que vienen Don Bosco, el Cristo Negro de Portobelo o Santa Librada. En ese caminar, curamos las penas, damos las gracias y pedimos lo que creemos que nos falta.

Panamá suena a totorrones en Semana Santa, a soloma al atardecer y a monos aulladores en la madrugada de la selva.

Para sobijar las penas y humedecer las alegrías está el ‘seco’. Para bailar bajo el sol del mediodía, sin morir en el intento, están los culecos y para ahorrar sin darse cuenta, está el club de mercancía.

Panamá es pequeño, larguito y angosto, una tripita apenas. Es el cordón umbilical sin el cual Las Américas no sería una sino dos. Es tan chiquito que ir de un café del Casco Viejo a bailar en el sofoco del Cosita Buena toma unos minutos apenas en una noche clara y de abuelitas recogidas.

Su pequeñez es deliciosa y portable, como dijo Ricardo Miró, “quizás fuiste tan chica para que yo pudiera llevarte toda entera dentro del corazón”.

Panamá tiene el ardor de una raja de canela y el acidito de un cebiche. Huele a gallina de patio, ha guardado de humedad y a guandú fresco y oloroso. En Navidad sabe a saril, en Semana Santa a pan bon y en patronales a puerco frito.

Aún con sus ricos sabores, de vez en cuando nos da por “revolver la mirada y sentir espanto” ante el político ladrón, la solución que nunca llega y el conformismo que no mueve nada. Los flojos nos quedamos en la quejadera, los sabios usamos la palaba “sala’o” solo para pedir la golosina roja en la tienda del chino.

“Panamá por Dios privilegiada, Él te hizo centro del mundo y todas las razas”, cantamos los fieles feligreses en la iglesia. Otros preferimos el “playa, brisa y mar es lo más lindo de la tierra mía” y algunos bailamos la patria con el bum bum del reggae. Pero todos estamos de acuerdo con aquello de que “patria son tantas cosas beeeeeeeeellas”.

A mí, la patria me sabe, me huele y me suena a mar, ese que se quedó atrapado en “la pequeña celda del caracol”.

 

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